Desde prácticamente sus inicios, la industria cerámica española ha sabido fabricar, innovar y vender en prácticamente cualquier mercado del mundo. Después de atravesar decenas de crisis, ha sabido salir de ellas a base de adaptación: adaptación a la competencia de otras zonas productoras con menores costes; adaptación a la normativa nacional y europea; adaptación a una nueva forma más sostenible de entender el proceso productivo. Y es paradójico que un sector tan preminentemente exportador como el azulejero, que ha sabido llegar a prácticamente cualquier rincón del globo, encare un reto que, a pesar de ser poco visible, diría que actualmente es el más fundamental: conseguir que esa mercancía llegue a destino con un coste, un plazo y una fiabilidad en un momento en que el mercado internacional es imprevisible.
El sector español de baldosas cerámicas exporta alrededor del 72% de su facturación y está presente en unos 190 países. Quien piense que la logística sigue siendo un servicio auxiliar más de la industria comete un craso error; podría decirse que esa logística, ese saber posicionarse más allá de tus fronteras forma parte ya del producto final, es algo intrínseco a cada una de esas baldosas.
La mayoría de las exportaciones de las empresas azulejeras viajan por mar. Aquí encontramos el primer problema. Las rutas marítimas han dejado de ser una variable más para serlo de primer orden. La tensión que se vive en Oriente Medio desde hace años provocó un aumento de la inseguridad en el Mar Rojo y el Canal de Suez, haciendo saltar por los aires las rutas tradicionales marítimas y obligando a las grandes navieras a transitar por el Cabo de Buena Esperanza. Y ahora, el conflicto entre Estados Unidos e Irán ha provocado el cierre del Estrecho de Ormuz y una crisis energética que ha disparado los costes logísticos relacionados con el combustible. ¿Cuál es la traducción de todo esto? Fletes superiores, desvíos de rutas, mayores tiempos de tránsito, una cascada de recargos extraordinarios, baja disponibilidad de contenedores, mayores índices de retención de la carga en las zonas de producción... En suma, alta incertidumbre que no casa nada bien con esas cadenas de valor que durante años se fueron levantando eslabón tras eslabón.
