Ya ni siquiera puedo contar las veces que hemos tratado de destacar el valor fundamental de la figura del transitario para el desarrollo del transporte y el comercio internacional.
Por más que unos y otros se empeñen en tratar de minimizar el impacto de esta profesión sobre el comercio exterior, es evidente que sigue jugando un rol fundamental en su papel de organizador del transporte y si, por alguna de aquellas no existiera, lo más probable es que acabáramos inventándola.
Lo he dicho por activa y por pasiva. Los puertos, sin ir más lejos, deberían tener casi en nómina a los muchos transitarios que se parten la cara por medio mundo tratando de atraer carga hacia ese puerto, o el de al lado, da lo mismo.
Ya no hablamos de aquellos que buscan partners y dibujan alianzas estratégicas, que también, sino de aquellos que son capaces de viajar más de 24 horas de ida y otras 24 de vuelta para mantener una reunión de menos de una hora con un cargador que podría canalizar cientos o miles de TEUs anuales por un enclave determinado.
El estatus actual de determinados puertos españoles no se entiende sin la participación esencial de determinados Transitarios. Eso es así y soy capaz de demostrarlo ante quien sea.
Y aunque el legítimo objetivo de ese transitario siempre es velar por su negocio y el incremento de sus beneficios, en el fondo de su corazón siempre está aportar valor allá donde sus raíces se han ido arraigando.
Estoy circunscribiendo esta columna al ámbito marítimo, quizás por volumen, pero es una evidencia que la teoría es perfectamente extrapolable a cualquier modo de transporte.
Y más allá del ámbito comercial, la figura del transitario, por lo menos del tradicional, tiene mucho de consejero, de terapeuta y hasta de confidente, ¿verdad?