Con la alegría que nos produce estrenar, arrancamos la última semana del 2025 con balances por hacer, análisis que redactar, previsiones que predecir y listas de deseos que escribir.
Las costumbres encorsetan los últimos días del año y la verdad es que es bastante complicado conseguir no caer en ellas. Fiscal y administrativamente es imposible huir y socialmente tienes que tener una personalidad forjada en mil batallas para no sentir que te pierdes algo insustituible si no compartes una cena, comida o fiesta con la familia. ¿FOMO navideño? Es posible.
Y mientras tanto, mientras se agendan encuentros y se viven gincanas en busca de regalos, la cadena logística seguirá activa, con horarios ajustados -espero- y lista para un 2026 que no sabemos muy bien qué nos deparará. En 2025, el hito más relevante en España ha sido... ¿la entrada en vigor de la nueva Ley de Movilidad Sostenible? Podría decirse que sí, ¿no? Y tuvimos que esperar hasta diciembre para que la normativa tuviera luz verde.
Así que el año ha sido más bien del montón, con algún brilli brilli noticioso con las 44 toneladas o las fusiones/adquisiciones de empresas de las que te hacen valorar el papel de Competencia para garantizar el libre mercado.
Ahora toca comenzar el 2026 con ilusión, porque soy de las que tiran a positivas, y confiar en que la situación con Estados Unidos se calme y retome la senda de la diplomacia y la cooperación global por un comercio internacional sano y libre de malos rollos, aranceles y medidas extraordinarias de presión.
Ya que la industria automotriz ha recibido un respiro de última hora, ¿por qué no hacer lo mismo con los puertos?
Y en el ámbito europeo, puestas a soñar, ya que la Comisión Europea ha ajustado plazos al sector del automóvil en el desafío verde, se podrían replantear los asuntos que más impactan en el transporte de mercancías, porque eso de dictar unos objetivos sin disponer de alternativas tecnológicas viables, eficientes y accesibles que permitan prescindir de los vehículos de combustión en los plazos planteados, se ha visto que lastra la viabilidad de la actividad (al desincentivar la llegada de nuevas empresas y el relevo generacional familiar) y su competitividad. Además, insisto, chicos de la UE, el tema de la electrificación es una utopía en estos momentos y lo de las baterías fabricadas en la Unión Europea, pues también.
De modo que ¿por qué no remiráis el temita del European Union Emission Trade System (EU-ETS)? Hace unos días, Puertos del Estado presentó los primeros resultados del Observatorio encargado de analizar el impacto del ETS en el sistema portuario y, aunque son datos preliminares, se confirma el aumento inusual de la actividad en puertos no comunitarios pero próximos a Europa.
Para sorpresa de absolutamente nadie, se han constatado alteraciones del tráfico de trasbordo en los puertos sometidos al EU-ETS y, de repente, los puertos de Reino Unido, Egipto o Turquía están de moda entre la mayoría de las navieras. ¿Acaso estos países han acicalado sus puertos con potentes infraestructuras? Nop. ¿Acaso han ajustado tarifas? Nop. ¿Acaso trabajan más eficientemente? Nop. La cosa es simple: no tengo que adquirir derechos sobre las emisiones GEI, allá que voy.
Triste, sí, tremendamente injusto, también. La decisión europea impactará en la salud de todos, incluso en la de esos que huyen de pagar el ETS, pero como dijo aquel famoso político convertido ya en meme “es el mercado amigo”.
Así que, ya que la industria automotriz ha recibido un respiro de última hora, ¿por qué no hacer lo mismo con los puertos y sus comunidades portuarias? ¿De verdad es tan determinante ser pioneros en esto?
Por cierto, tres, dos, uno: ¡feliz 2026!